Había una vez una niña llamada Mia que tenía que ir al médico para su revisión anual. Al principio estaba asustada y no quería ir, pero entonces su madre le propuso que caminaran juntas. La idea de caminar con su madre hizo que Mia se sintiera mejor y así se fueron.
Mia y su madre iban a conversar mientras caminaban por el sendero hacia la consulta del médico. Hablaron de todo tipo de cosas, como cuál es su color favorito o qué animales les gustaría ver algún día en el zoo. Esto ayudó a que Mia se sintiera más relajada, pues sabía que, pasara lo que pasara en la consulta del médico, tenía a su lado a alguien que la quería y la apoyaba incondicionalmente, algo con lo que siempre podía contar en la vida, independientemente de a dónde las llevara a ambas.
A medida que se acercaban a su destino, Mia empezó a sentirse nerviosa de nuevo, pero esta vez fue lo suficientemente valiente como para dar esos pasos adelante porque en su interior sabía que era importante para una buena atención sanitaria, aunque a veces significara estar incómoda. Cuando por fin llegaron a la consulta del médico, Mia se sintió mucho más tranquila que cuando había salido de casa, gracias en parte a tener una compañera tan alentadora durante todo su viaje juntas.
Los dos fueron recibidos en la sala de espera por las sonrisas amistosas de otras personas sentadas a su alrededor, lo que también ayudó a aliviar parte de la tensión de Mia antes de ver al médico. Después de terminar con todo el papeleo, no tardó en salir una enfermera llamando a «Mia y mamá». Y con el valor fluyendo a través de ambas de la mano, entraron sin miedo en territorio desconocido… ¡la sala de exploración!
Como era de esperar, todo fue bien durante su visita: pesaje

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